Cumpliendo mi fantasia

Cumpliendo mi fantasia

Había llegado el momento. Al fin la conocí. Era mi sueño. Era hacer realidad una de mis fantasías sexuales. Ésta consistía en follar con alguien a quien nunca antes había visto. Algo parecido a conocer a alguien en un bar, en una cafetería, en el metro o caminando por la calle y sin demasiadas explicaciones acabar follando salvajemente. Sin más. Y a continuación, al acabar, cada uno por su lado.

En este caso había conocido a Isa por Internet. Habíamos hablado algunas veces, nos habíamos visto en foto, pero nada más. Había feeling. Había química. Había conexión. Y le conté mi fantasía. Era la persona. Quería follar con ella. Ella era la mujer perfecta para poder cumplir con el sueño de follar con una desconocida. Me atraía su físico, su forma de pensar, su manera de hablar. Aceptó el reto y esto es lo que pasó.

Era una tarde de finales de julio. Ella vivía en Madrid, ciudad donde yo me desplazaba habitualmente por trabajo. Hacía calor. Mucho calor. Cuando llegué a la habitación del hotel que había reservado días antes puse la calefacción al máximo para refrescar el ambiente. Lo preparé todo con cuidado. Un buen Rioja y dos copas. Incienso. Algunas velas, aún sin encender. Me duché, recogí la habitación y dejé todo ordenado para que Isa encontrara un clima acogedor que la cautivara cuando le abriera la puerta.

Cuando lo tuve todo listo le mandé un mensaje al móvil: “niñita, te estoy esperando!!”. Era la señal que ella tenía que recibir para venir a mi encuentro, para vernos por primera vez, para follar con alguien a quien nunca antes habíamos visto cara a cara. Supongo que los dos estábamos algo nerviosos. La idea me encantaba y a ella le pareció genial cuando se la conté. Y, aunque habíamos hablado varias veces por Messenger y por teléfono y nos habíamos enviado mensajitos y también muchos e-mails, no era lo mismo. Al fin y al cabo, nunca antes nos habíamos visto las caras en vivo. No sabíamos cómo eran nuestras sonrisas, nuestras miradas, nuestra imagen en movimiento. Todos sabemos que muchísima gente cambia la imagen real respecto a la que ofrece en una fotografía. Pero me atraía. Y yo a ella.

Y llegó el momento. Encendí las velas y el incienso. Respiré profundo y casi, casi me santigüé. Sí, ya sé. Estaba a punto de fornicar con alguien a quien no conocía y le pedía ayuda a Dios. Bueno, a Dios o a quien sea. Sólo deseaba que todo saliera bien.

Isa había recibido mis instrucciones. Ella sabía perfectamente lo que quería hacer en todo momento. Y yo sabía que era muy, muy disciplinada. Y que lo íbamos a pasar muy, muy bien.

A los pocos minutos alguien picó a la puerta. La habitación ya estaba en penumbra. Las velas daban algo de claridad. Y el olor del incienso se mezclaba con el de mi perfume. Era mi favorito. Y como gustaba a todo el mundo, sabía que a Isa también le gustaría.

Abrí la puerta. Isa entró en la habitación. Nos abrazamos. Imagino que seguíamos estando algo nerviosos. Después de aquel abrazo, nos besamos. El momento era mágico. Excitante. Emocionante. Después de besarnos con una pasión increíble para tratarse de dos personas que jamás antes han estado juntos, cerramos la puerta de la habitación y sin despegar nuestros labios, sin separar nuestros cuerpos, nos dirigimos a la cama. Sin mediar palabra.

Isa llegó realmente guapa. Mucho más de lo que me imaginaba. Estaba preciosa. Su sonrisa me encantaba y su mirada me cautivaba. Llevaba un vestido que marcaba las formas de su cuerpo. Aunque con la oscuridad de la habitación y los nervios de la situación casi no me había dado tiempo de poder contemplarla. Pero estaba muy bonita.

Nos tumbamos en la cama. Seguíamos besándonos. Seguíamos abrazados. Rozábamos el uno el cuerpo del otro con nuestras manos, con nuestros dedos. La respiración se agitaba. Nos gustábamos y eso se notaba en nuestra forma de proceder. El momento se agitaba. Se hacía cada vez más salvaje. En el ambiente se respiraba pasión, emoción. Puro sexo. Los dos queríamos más.

Mientras seguíamos besándonos, yo estaba tumbado en la cama debajo de ella. Isa estaba sobre mí. Con mis manos rozaba todo su cuerpo. Su cabeza, su espalda, sus piernas y el culito que desde hacía algunos días deseaba tener, tocar, juguetear y penetrar. Ella me hablaba de su trasero en algunos mensajes y yo soñaba con él.

Y ella, al notar mi polla cada vez más dura, a punto de estallar, rozaba su cuerpo contra el mío. Y se empezaba a masturbar con mi pene erecto. Siempre por encima de la ropa. Pero se excitaba más y más y su respiración y sus dulces gemidos me estaban dejando cada vez más loco.

Entonces le subí el vestido y pude comprobar como estaba siguiendo una a una todas las instrucciones. Había venido sin bragas. Puse mis manos sobre su culo ahora ya descubierto y yo la apretaba contra mi cuerpo para que notara aún más mi polla deseosa de entrar dentro de ella.

Al mismo tiempo, ella se estaba volviendo loca cuando rozaba su piel con la yema de mis dedos. Muy suavemente. Con cariño. Estábamos pegando un polvo dos personas que nunca antes se habían visto cara a cara pero que tenían una química especial. Parecía haber conexión sexual.

Nuestra respiración se hacía cada vez más agitada, más rápida. El momento era especial para los dos. Parecía que se nos acababa el tiempo y queríamos aprovechar cada segundo, cada minuto, cada hora, toda la noche.

Me moría por follármela, por meter mi polla dura y a punto de reventar y llenarla de leche en su cada vez más mojado y excitado coño. Pero no podía ser. No tan pronto. Primero quería saborearla. Chupar su coño. Sentir en mi boquita y en mi lengua el sabor de sus jugos.

Entonces abrazándola la aparté de mí, la coloqué sobre la cama y me puse sobre ella. Sin dejar de besarnos, de tocarnos, de rozar nuestros cuerpos. Estábamos pegados y no queríamos separarnos. Siempre sin mediar palabra. Ni ella ni yo habíamos hablado todavía. Ésa era también una de mis instrucciones. No debíamos hablar en ningún momento mientras durara nuestro encuentro. La propuesta es que ella llegaba a la habitación follábamos, acabábamos y después ella se vestía poniéndose la ropa en su cuerpo sudado y todavía manchado de mi leche y se marchaba. Y después, a los 30 ó 40 minutos, yo la llamaba por teléfono y hablábamos de nuestra experiencia. En eso consistía mi fantasía.

Volviendo a lo que estaba sucediendo en ese momento en la habitación 518 de un bonito hotel del centro de Madrid, después de haberla puesto a ella debajo de mí, seguimos besándonos. Yo movía mis caderas de forma circular para que notara mi polla durita rozando su coño, su clítoris, su entrepierna.

Empecé a bajar por su cuerpo. Besé su cuello. Sus hombros. Rozaba sus pechos. Siempre por encima de la ropa. Notaba sus pezones erectos. Excitados. Ella tenía sus ojos cerrados. La expresión de su cara reflejaba excitación y eso me ponía malísimo. Quería volverla loca de placer. Así que quité su vestido con movimientos relativamente torpes. Quizás el deseo, quizás la excitación. O directamente porque soy torpe. Pero no era capaz de despojarla del vestido. Tuvo que ayudarme.

Su cuerpo era precioso. Ahora que la estaba contemplando, su desnudez, ésa con la que había soñado tantas veces desde hacía algunos días, me parecía mágica, esplendorosa, perfecta. Y ahora ya sí, sin vestido que interrumpiera mis deseos, empecé a recorrer su cuerpo con mis labios, con mis besos, con mis dedos. Y saboreé sus pezones erectos mientras con una mano acariciaba una de sus piernas y con la otra rozaba su coño para comprobar que estaba cada vez más mojada.

Ella me fue quitando la ropa como podía. Yo también la ayudé. Dejamos todo a un lado y seguimos besándonos, tocándonos, rozándonos. Ella buscó mi polla para comprobar el nivel de mi excitación. Estaba dura. Muy dura. Y se la colocó en la entrada de su coño. Y la movió para mojarla, para lubricarla. Pero era muy pronto todavía. Aún no había llegado el momento.

Yo seguí besando sus pezones, sus pechos, su barriguita. Y seguía bajando por su cuerpo mientras con mis manos acariciaba sus piernas. Y su vagina. Suavemente. Sin penetrarla. Sin movimientos bruscos pese a lo salvaje del momento.

Y así llegué con mi boquita a su sexo. Lo besé. Pasé mi lengua por su rajita. La puse en su agujerito como si intentara penetrarla. Y seguí mi recorrido por su cuerpo. Acaricié sus piernas, sus muslos, sus rodillas y llegué a sus pies. Los besé. Los contemplé. Me encantaban. Y empecé a subir por su cuerpo pasando mi lengua por cada rincón del mismo.

Le di la vuelta. Me puse sobre ella. Subí hasta colocarme a su altura. Besé su nuca. Observé su tatuaje. Miré su culito. Me pegué a su cuerpo y rocé su trasero con mi polla mientras besaba y rozaba su espalda. Llegué nuevamente a su nuca y empecé a bajar de nuevo hasta que volví a llegar a su culito. Lo llené de besitos y teniéndola así debajo de mí, abrí un poquito sus piernas y rocé su coño desde atrás. Mojé mis dedos y rocé la entrada de su culo. Notaba como se estremecía.

Entonces con mis brazos, con mis gestos, le pedí que se diera la vuelta. Seguíamos sin hablar, sin mediar palabra. Ella me miraba con ojitos llenos de excitación y deseo. Yo la miraba e intentaba que entendiera que me moría por follármela, pero que antes le iba a hacer una cosita que le había prometido.

Volví a besar sus labios. Volví a recorrer su cuello, sus pechos, sus pezones y su barriguita. Y me fui directo a su coño. Metí mi cabeza entre sus piernas. Con la puntita de mi lengua empecé a rozar su rajita, su clítoris, la entrada de su coño. Intentaba penetrarla con la lengua. Ella temblaba de placer. Su respiración se agitaba más y más y apretaba mi cabeza con sus manos contra su cuerpo.

Y entonces empecé a lamer todo su coño. Enterito. Desde su clítoris hasta su agujerito. Y empecé a ayudarme con un dedito. Lamía su sexo, lo rozaba con un dedito. Y con dos. Los mojaba en los líquidos que salían de su interior. Me tenía loco el momento, la situación, su respiración, sus gemidos, su agitación, el ambiente, el olor a sexo. Con uno de mis dedos mojados rozaba su coño y de vez en cuando follaba despacito su coñito mojado. Y con otro dedo, también mojado en sus flujos producto de la excitación, rozaba la entrada de su culito. Y algunas veces abría su ano y lo follaba dulce y suavemente.

A todo esto, mi polla estaba dura, grande, enorme, llena y preparada para follarme a Isa con toda mi alma, con todas mis ganas. Deseaba que sintiera mi polla dentro de ella y tenía unas ganas que me moría de llenar su cuerpo de mi leche calentita, de manchar sus pechos, sus pezones con mi semen.

Y así llegó su primer orgasmo. Sentí como se estremecía. Los espasmos que acompañaron el momento en que se estaba corriendo llenaron el ambiente de mayor excitación, si cabe. Disfruté sintiendo como acababa. Saboreé todos y cada uno de los jugos que brotaron de su coño. Me los bebí. Y no dejé de rozarla hasta que ella me lo pidió. Entonces subí hasta poner mi cara a la altura de la suya y nos besamos. Nos abrazamos y durante unos segundos nuestros labios se juntaron y nuestras lenguas juguetearon.

Pero entonces ella pasó a la acción. Sin más dilación, fue bajando por mi cuerpo. Besó mi cuello, mi pecho, mi abdomen. Con una mano buscó mi polla y empezó a masturbarme sin dejar de besarme. Yo estaba a mil. Ella lo sabía. Y sin dejar de mover su mano, se introdujo mi pene en su boca y empezó a saborearlo. Subía y bajaba. Sus manos, su boca, su cuerpo. Yo gemía. Si no paraba, me iba a correr. Intenté que parara. No quería acabar tan rápido. Pero ella siguió lamiendo mi polla. Sólo paró para chupar despacito mis huevos. Recorrió cada rincón de mi sexo. Y entonces, cuando estaba a punto de regalarle mi leche calentita, se detuvo. Se sentó sobre mí, se colocó mi polla en la entrada de su coñito y empezó a bajar suavemente para que yo notara como iba entrando en ella. Estaba muy mojada. Muy excitada. Y yo muerto de deseo y a punto de reventar. Y se empezó a mover dulcemente sobre mí, subiendo y bajando despacito, mientras se masturbaba con una mano y me miraba con ojos traviesos.

Intenté contener mi orgasmo, pero entonces me dijo que se corría otra vez. Y en el momento en que ella estaba acabando yo casi no podía aguantar. Ella me sonrió y yo con un rápido movimiento me deshice como pude de ella, la tumbé en la cama y empecé a correrme. Ella me cogió la polla en el momento en que a mí me venía el orgasmo y me acompañó con sus manos. Los chorros de leche calentita llenaron su cuerpo, su ombligo, su barriguita, sus pezones.

La visión de su torso desnudo con los chorros de mi semen sobre ella era mágica. El momento fue impresionante. Había cumplido mi fantasía con Isa y entre los dos hicimos que la situación fuese excitante, alucinante. Ni en mis mejores sueños pensé que podía ser una experiencia tan satisfactoria. Entonces, siguiendo mis instrucciones, sin mediar palabra, ella se puso el vestido y sus zapatos, me besó y se marchó.

Media hora después la llamé. Conversamos. Y después de pasar por su casa para ducharse y cambiarse de ropa, volvió. Nos esperaba un Rioja, dos copas y una noche mágica.

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