ÔĽŅ La noche del gran cambio | CORNUDOS
La noche del gran cambio

La noche del gran cambio

Esa noche, Rita y yo decidimos salir a entretenernos un poco. No lo hacíamos a menudo, pero los chicos estaban pasando unos días en casa de los padres de ella y la oportunidad era inmejorable. Por cierto, no pasábamos uno de los mejores momentos de nuestro matrimonio y un cambio en la rutina podía ser beneficioso. Jamás pensé (creo que ella tampoco) hasta qué punto llegaría el cambio en la rutina.

Dispuesto como estaba a mejorar las cosas, propuse ir a ver una pel√≠cula rom√°ntica, algo er√≥tica pero rom√°ntica al fin, sabiendo que son sus preferidas. Al salir del cine, Rita estaba muy cari√Īosa y algo excitada. Le propuse tomar una copa antes de volver a casa y acept√≥ con gusto. Fuimos a un local con algunas mesas y un diminuto lugar para bailar. Aunque la concurrencia no era mucha, las pocas parejas que bailaban casi llenaban la peque√Īa pista. De todas maneras, lo hac√≠an con los cuerpos tan pegados que no hac√≠a falta m√°s espacio. Nos sentamos en una mesa libre, pedimos nuestras copas y observamos a los bailarines, mientras habl√°bamos de cosas banales, intercambiando algunas frases amorosas. Una cosa trae a la otra y la conversaci√≥n tom√≥ un ligero tono er√≥tico. En un momento, Rita me propuso bailar. Yo nunca lo hago, no me gusta y me negu√©. All√≠ naufragaron mis intenciones de pasar una velada agradable. Rita se enoj√≥, insisti√≥, yo me molest√© por su insistencia y termin√© dici√©ndole que pod√≠a bailar sola, si quer√≠a seguir el ritmo, o con alguno de los pocos hombres solos que hab√≠a en el local.

Dicho y hecho, Rita se dirigi√≥ a la pista y comenz√≥ a bailar. Debo reconocer que lo hace con gracia y, con su atuendo de esa noche (una muy escotada blusa blanca, una falda negra que apenas le llegaba a medio muslo y sus zapatos de tacos altos), luc√≠a esplendorosa. El bamboleo de sus caderas y sus tetas de buen tama√Īo saltando al ritmo de la m√ļsica compon√≠an un cuadro m√°s que excitante. Un hombre de mediana edad (aproximadamente de la nuestra), alto y robusto, la estuvo observando (y yo a √©l), hasta que se decidi√≥ a acercarse y seguir la m√ļsica junto a ella. Rita lo mir√≥, sonri√≥ y le dijo algo. Dejaron de bailar y se acercaron a la mesa. El desconocido se present√≥ como Jaime y me pidi√≥ autorizaci√≥n para bailar con mi esposa. Aunque no me agradaba la idea, no encontr√© motivo plausible para negarme, de modo que les dije que c√≥mo no, que bailaran.

Volvieron a la pista y siguieron bailando sueltos durante una o dos piezas. La siguiente resultó ser un bolero, lento y meloso. No me pareció cuestionable, aunque no me gustó, que se enlazaran para bailar ese ritmo. Sobre todo, porque mantuvieron una distancia mínima, aunque decorosa. A la distancia observé que hablaban, que Jaime sonreía y que Rita hacía caritas y emitía risitas, con aspecto de estar disfrutando mucho de la situación. Otro bolero y la distancia entre los cuerpos desapareció. Rita pasó ambos brazos por sobre los hombros de Jaime y él los suyos por la espalda de ella. Sus mejillas quedaron pegadas y sus bocas junto a las orejas. Tanto pegoteo me dificultaba ver bien, pero por momentos percibí que seguían hablando. Vi en un momento claramente que los labios de Jaime rozaban al hablar la oreja de Rita. Yo bien sé cuánto la excita el roce de los labios en sus orejas y comencé a pensar en la conveniencia de detener tanto arrumaco y retirarnos.

A punto de ponerme de pie con esa intenci√≥n, un giro de los danzarines me permiti√≥ ver que una mano de Jaime acariciaba, sin ocultaci√≥n, las nalgas de Rita. Para decirlo con rima: sin disimulo le tocaba el culo. Culo que, hasta entonces, yo consideraba s√≥lo destinado a mi placer personal. Ingenuamente, me pregunt√© c√≥mo ella no reaccionaba ante tal groser√≠a y me ergu√≠ para rescatarla del abusador. Entonces tuve una nueva sorpresa: Rita apart√≥ su cara de la de √©l y volvi√≥ a acercarla, pero esta vez para besarlo en los labios. Ni corto ni perezoso, el compa√Īero de baile abri√≥ su boca y se unieron en un beso que nada ten√≠a que envidiar, en intensidad y duraci√≥n, a los que hab√≠amos visto en el cine. Me convenc√≠ de que no hab√≠a tal abuso y que, en cambio, hab√≠a pleno consentimiento.

Tuve plena conciencia de mi deslucido papel. Lo visto bastaba para considerarme un cornudo. Quedé un momento paralizado junto a la mesa y, cuando iba a completar mi intención de acercarme a la pareja, fueron ellos quienes abandonaron beso y baile y vinieron hacia la mesa.

-He invitado a Jaime a tomar algo en casa, me dijo Rita con el tono más natural, como si lo ocurrido y visto no mereciera ninguna explicación.

Habr√° quien encuentre que pequ√© de corto, al no reaccionar. Dos cosas me lo impidieron: de una parte, la sorpresa. No es f√°cil reaccionar ante lo completamente inesperado. ¬ŅA usted le parece esperable que la madre de sus hijos, esposa de muchos a√Īos, mujer discreta, se ligue a besos con un desconocido y lo quiera traer a la propia casa? La segunda raz√≥n fue que lo que acababa de ver me hab√≠a excitado de una manera loca, algo que pod√≠a notarse perfectamente, pues el bulto en mi pantal√≥n era tan visible como el que luc√≠a Jaime.

-Pues vamos, fue todo lo que atiné a decir. Y tomé una de sus manos. Ella se dejó tomar, pero pasó el brazo libre por la cintura de Jaime, quien pasó el suyo sobre los hombros de Rita, dejando caer la mano sobre las tetas.

Los clientes del local que no estaban demasiado ocupados en sus propios asuntos amorosos nos miraron salir con sonrisas socarronas y hasta me pareci√≥ que de una mesa, despu√©s de un comentario, surgi√≥ una carcajada. Hay que reconocer que no es habitual que una mujer entre con un hombre y salga abrazada con otro, mientras el hombre original los sigue con mansedumbre. Ya en la calle, nos dirigimos al auto. Cuando iba a abrir la puerta del acompa√Īante para que subiera Rita, ella simplemente me dijo que fuera yo adelante para conducir, porque ella ir√≠a con Jaime en el asiento trasero. En esta oportunidad, logr√© balbucear una protesta, pero Rita la hizo morir al nacer.

-Debemos tener una pelea para que me lleves a ver una pel√≠cula de las que me gustan, no quieres bailar y hace tiempo que tu desempe√Īo como marido es m√°s que deficiente y desganado. Esta noche se hace lo que yo quiero.

Eso s√≠ que estaba claro. Pude haberme rebelado, pero present√≠a que era in√ļtil. Rita se hubiera ido con Jaime y yo ni siquiera sabr√≠a lo que hac√≠an. Mi erecci√≥n indicaba que la situaci√≥n ten√≠a tambi√©n para m√≠ cierto atractivo morboso. Mientras conduc√≠a, el espejo retrovisor me permit√≠a ver lo que estaba ocurriendo a mis espaldas. Se abrazaron y besaron como si el mundo fuera a terminar en ese mismo minuto. Otra vez vi una mano traviesa, pero en esta oportunidad era la fina mano de Rita que manoseaba con ansias la hinchada bragueta de su reci√©n conocido macho. Las de √©l no descansaron: tetas y culo supieron de la firmeza de sus caricias y en alg√ļn momento, una mano se introdujo bajo la breve falda y, al levantarla, permiti√≥ ver que toqueteaba el co√Īo. Frente a casa, detuve el auto e interrump√≠, por primera vez en el trayecto, a los amantes: Llegamos, dije con la poca voz que me quedaba.

Había que atravesar la entrada hasta los ascensores, bajo la mirada del portero. Rita tuvo un resto de pudor, se arregló las ropas y marchamos los tres sin contacto físico. Bien se desquitaron en el ascensor, con un soberano despliegue de bocas y manos. Pude ver que el viaje en auto había dejado la huella de una mordida en el cuello de Rita. Es privilegio de las mujeres casadas que vecinos y amigos piensen que esas marcas las ha producido el marido. Los cornudos sabemos a qué atenernos. Dentro del hogar se acomodaron en el sofá y reiniciaron sus juegos de bocas y manos. Apenas si Rita se tomó un momento para ordenarme bebidas. Serví tres vasos y me hundí en un sillón frente a ellos.

Despeinada, con la blusa abierta y los pechos salidos, la falda casi totalmente enrollada en la cintura, los zapatos abandonados en el suelo, mi mujer era la imagen misma de la lujuria desatada. Abrió la camisa de Jaime y besó su pecho (peludo, por cierto, yo soy de poco vello), deteniéndose con delectación en las tetillas. Abrió la bragueta y sacó la verga (nada monstruoso, pero algo mayor que la mía).

-Me gusta tu enorme (exageraba) verga, mi amor. ¬ŅPuedo chup√°rtela?, dijo con un ronroneo, elevando la mirada hacia el hombre que la ten√≠a fascinada (y caliente, muy caliente). -Me har√°s muy feliz, putita m√≠a, fue la respuesta del afortunado.‚ÄúAs√≠ que putita‚ÄĚ, pens√© para mis adentros. A m√≠ me habr√≠a armado un esc√°ndalo si le hubiera dicho algo semejante.

Vi la lengua de mi esposa recorrer golosamente la cabeza de aquella verga, bajar por el tronco, lamer los huevos (para lo que met√≠a literalmente la cara en la bragueta), volver a lamer todo el pedazo hasta la cabeza de nuevo y finalmente tragar la verga entera, para subir y bajar varias veces la cabeza. Jaime la apart√≥ (ella refunfu√Ī√≥ mimosamente por perder su golosina, pero sab√≠a que se acercaba lo mejor). El macho de mi mujer (¬Ņde qu√© otra manera llamarlo?) le quit√≥ la poca ropa que quedaba por quitar, mientras ella hac√≠a lo propio con √©l. Rita lo tom√≥ de la mano y lo gui√≥ hacia el dormitorio. ¬°Todo iba a ocurrir en nuestra cama matrimonial! Gir√≥ la cabeza hacia m√≠ y me invit√≥:

-¬ŅQuieres venir?

No me lo hice repetir. Fui tras ellos, como un perrito y, mientras se arrojaban abrazados sobre la cama, me instalé en una silla. Nunca hubiera pensado que actuaría de esa manera. Ser cornudo puede ocurrirle a cualquiera, pero que te pongan los cuernos en tu cara y te quedes mirando es algo inusual. Pienso que, sin saberlo, siempre tuve pasta de cornudo sumiso. O tal vez fue el descaro de Rita lo que me avasalló. Sea como fuere, allí me senté.

Jaime le manose√≥ las tetas, deteni√©ndose a pellizcarle los pezones, lo que arranc√≥ a Rita ahogados grititos de placer. Se inclin√≥ sobre su pecho y le chup√≥ una teta primero y la otra despu√©s, con lentitud y, a juzgar por la cara que ella pon√≠a y sus risitas ahogadas, con buena t√©cnica. Rita se apart√≥ y gate√≥ hasta los pies de la cama (d√°ndole una amplia visi√≥n de su gran culo). Se acomod√≥ entre las piernas del hombre y reinici√≥ su interrumpida sesi√≥n de mamada. Despleg√≥ todo el arte que yo ya conoc√≠a bien. Bes√≥, lami√≥ y chup√≥ repetidamente cabeza y tronco, descendi√≥ hasta los cojones y los chup√≥ con deleite. Baj√≥ a√ļn m√°s y lami√≥ la sensible parte que va de los cojones al culo. Jaime arque√≥ y separ√≥ las piernas para facilitarle el acceso, rugiendo: ‚Äú¬°Ay, putita! C√≥mo me haces gozar‚ÄĚ. Rita culmin√≥ la tarea metiendo la lengua en el mism√≠simo culo del macho (a m√≠ nunca me hizo esa caricia). Yo permanec√≠a fascinado, paralizado, ante semejante espect√°culo en mi propia casa y cama.

Jaime se incorpor√≥, la tom√≥ de los brazos y la acomod√≥ junto a √©l en el centro de la cama. Se instal√≥ entre sus piernas y comenz√≥ a penetrarla. La calentura de Rita era tanta que, entre gemidos y convulsiones, tuvo su primer orgasmo. No ser√≠a el √ļltimo de la noche. Jaime comenz√≥ un lento mete y saca, mientras le besaba y mord√≠a el cuello. Rita gritaba como loca: ‚ÄúDame, mi amor, mi macho. Dame fuerte. ¬ŅM√°s, m√°s!‚ÄĚ ¬ŅQui√©n dijo que la posici√≥n del misionero es poco placentera? Seguramente, alguien que no vio a Rita esa noche, vociferando en su segundo orgasmo.

-¬ŅTe gusta c√≥mo te follo, putita? -S√≠, mucho, dame m√°s, m√°s.

Jadeos, gemidos y gritos descontrolados marcaron que ambos amantes ten√≠an un orgasmo simult√°neo. (Desde mi punto de observaci√≥n, pens√© preocupado: ‚ÄúNadie se acord√≥ de los condones‚ÄĚ.) Todav√≠a siguieron un rato en la misma postura, con movimientos y gritos que extra√≠an hasta el √ļltimo gramo de placer a ese momento. Jaime se sali√≥ de encima de ella y quedaron tendidos uno junto al otro. Una mano de mi esposa se dirigi√≥ a acariciar aquel miembro, ahora fl√°ccido, pero que le hab√≠a dado tanto goce. Una mano de √©l se pos√≥ sobre una teta para manosearla. Rita gir√≥ su cabeza para mirarlo:

-Nunca he sentido tanto placer. Gracias, machazo.-Putita hermosa, eres buena en la cama. Yo también he disfrutado mucho. Y lo haremos de nuevo.-Pero estoy toda mojada, mi amor- miró hacia mí por primera vez desde que habíamos llegado a la casa- Maridito. Debo limpiarme y quiero que te ocupes de eso. Tontamente, me incorporé y fui en busca de una toalla. Me interrumpió un grito destemplado:-No, idiota, con la boca.

Esa fue la √ļltima oportunidad para evitar mi destino de cornudo sumiso y humillado. No lo evit√©. Me acerqu√© a la cama, me arrodill√© en el suelo, met√≠ mi cabeza entre sus muslos y comenc√© a chupar y lamer la mezcla de flujos vaginal y semen. Rita se aplic√≥ a hacer la misma limpieza en la verga de su amante. Tanto roce volvi√≥ a excitarlos. Un nervioso movimiento de piernas me indic√≥ que mis servicios ya no eran requeridos. Rita y Jaime volvieron a enlazarse en su rutina de manos y bocas y piernas, de toqueteos, pellizcos, besos y mordiscos. El segundo polvo se realiz√≥ en posici√≥n de perro; Rita apoyada sobre manos y rodillas y Jaime penetr√°ndola desde atr√°s, aferrando sus manos a las caderas de ella. Con su nuevo orgasmo, Rita se aplast√≥ sobre la almohada aullando como una pose√≠da. ‚Äú¬°Ay, amor, macho m√≠o, me llenas!‚ÄĚ El amante se peg√≥ a la espalda de ella, llev√≥ las manos hasta apoderarse de las tetas y rugi√≥ convulsivamente: ‚Äú¬°Te lleno de leche, mi hembra, mi puta!‚ÄĚ ‚ÄúS√≠, soy tu hembra, tu puta, tu mamadora‚ÄĚ.

Mi excitaci√≥n era enorme. Mi verga reventaba. Pero un curioso pudor (¬°pudor, a esa altura de la noche!) me imped√≠a masturbarme. No pod√≠a haber una verg√ľenza mayor que la que estaba pasando, pac√≠fico espectador y a√ļn colaborador de la entrega total de mi mujer a otro hombre, escucha paciente de las frases calientes, los gritos y los gemidos que puntuaban sus escarceos. ¬ŅPod√≠a una masturbaci√≥n ser m√°s vergonzosa que todo eso? Y, sin embargo, algo me deten√≠a. Quiz√°s la misma magnitud de la humillaci√≥n que sufr√≠a hac√≠a insoportable subrayar mi consentimiento con un m√≠sero placer solitario. O quiz√°s la evidencia de que un hombre reci√©n conocido satisfac√≠a a mi mujer mejor de lo que yo lo hab√≠a hecho por a√Īos me imped√≠a darme un placer no merecido. Rita se sali√≥ de debajo del peso de Jaime.

Ambos amantes quedaron tendidos recuperando la respiraci√≥n. Sin necesidad de que ella me lo ordenara, volv√≠ a hundir mi cabeza entre sus muslos, para chupar su anegada vulva. Pero me esperaba una nueva y peor humillaci√≥n. Rita acept√≥ las caricias de mi lengua por un momento, luego extendi√≥ una mano, apart√≥ mi cabeza, la dirigi√≥ hacia el ahora fl√°ccido miembro de Jaime y volvi√≥ a usar ese novedoso tono imperativo: ‚ÄúL√≠mpiasela y ponla dura otra vez para m√≠‚ÄĚ.

Nunca me he considerado homosexual, ni me considero tal ahora. Tocar o, menos a√ļn, chupar la verga de otro hombre no me causa placer. Sin embargo, estaba descubriendo un agridulce placer en someterme a la voluntad, los caprichos y los placeres de aquella hembra que, tras a√Īos de casados, s√≥lo ahora estaba descubriendo en su verdadera condici√≥n de zorra caliente. Obedec√≠ y bes√©, lam√≠ y chup√© aquel miembro cubierto de semen y jugos vaginales. Jaime empuj√≥ mi cabeza hacia sus cojones y no me resist√≠. Volvi√≥ a empujarme y arque√≥ su cuerpo para que mi boca estimulara su perineo. No pas√≥ mucho tiempo para que sintiera que la ra√≠z de la verga comenzaba a endurecerse bajo la piel, al roce de mis labios y lengua. Un nuevo movimiento de Jaime y mi boca qued√≥ en contacto con su culo. Pese a su desagradable olor y sabor, me apliqu√© a chupar aquel agujero. O√≠ la risa de Rita: ‚Äú¬°Qu√© bien que lo haces! Desde ahora, me lo har√°s todas las noches‚ÄĚ.

Jaime también rió y, nuevamente excitado, la tomó de las caderas con ambas manos y la guió hasta sentarla sobre su verga. Desde mi incómoda posición, pude ver cómo la polla penetraba lentamente en la almeja. Rita gimió. Jaime gimió. Yo no me atreví, a falta de una orden, a abandonar mis caricias orales en el culo y los cojones del semental. Seguramente por eso, el tercer polvo no fue tan largo como podría haber sido, puesto que precisamente era el tercero.

Cuando terminaron, me empujaron fuera de la cama y se durmieron. Abandonado sobre la alfombra, yo tambi√©n me dorm√≠, pensando que desde entonces s√≥lo vivir√≠a para atender al placer que mi mujer pod√≠a obtener con otros hombres. As√≠ fue, comenzando la ma√Īana siguiente, cuando deb√≠ cocinar el desayuno para los amantes, prepararles el ba√Īo y vestir, como un valet obediente, al macho de mi mujer cuando decidi√≥ irse de la casa. Al quedarnos solos, Rita me bes√≥ con pasi√≥n (su boca a√ļn conservaba el sabor de la noche de sexo) y me llev√≥ hasta la cama revuelta y sucia:

-Ven y recibe las sobras. Eso es todo lo que tendrás desde hoy, después de cada vez que me entregue a Jaime o a todos los otros hombres que yo quiera.

Aprovech√© las sobras que me ofrec√≠a. ¬ŅUstedes qu√© hubieran hecho en mi lugar?

Autor: Cocu

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