No fue un sueño, no | CORNUDOS
No fue un sueño, no

No fue un sueño, no

Aquel atardecer estuve con Ramón. Lo conocía por mi primo Nacho con el que le unían algunas aficiones aunque Ramón era bastante más mayor, incluso ya no vivía en casa de sus padres a pesar que seguía dependiendo económicamente de éstos. Estuvimos en la terraza de un bar donde me presentó, según me dijo, a un compañero de la facultad, Iker, y a su novia, Laura; ambos me eran totalmente desconocidos. Tanto él como ella tenían una presencia física muy atractiva: él, por lo que me afectaba como mujer aunque debo reconocer que ella, con unas sinuosidades perfectas en toda su figura, resaltadas con unos pechos exiguos pero bien marcados, no se quedaba atrás si bien – por sacarla algún defecto, con cierta envidia – sus manos, algo robustas, me parecieron un tanto hombrunas.

Pasamos los cuatro un atardecer muy agradable con mucho lerele y poco larala que resultaban muy divertidos, pues tanto Iker como Laura eran muy cachondos. En todo aquel atardecer en la terraza, ellos le dieron al alcohol pero sin pasarse; yo, en cambio, animada por ellos, tomé bastante más de lo que acostumbro hasta quedar, sino ebria , sí muy dicharachera antes de dejar aquella terraza. De todo lo que sucedió después, tras subir al coche de Ramón, parecía como si me hubieran abducido de aquel coche y, sin solución de continuidad, me hubieran metido en mi cama en la que me encontré, al día siguiente, como despertándome de un sueño gozoso y sensual del cual, sin poder retener ninguna imagen, aún perduraban las sensaciones de gozo y unos efectos reales que, en principio, me resultaban insólitos: excitada y con mi piel extremadamente húmeda por el sudor, mis pechos con los pezones erectos y mis areolas erizadas, mi coño húmedo de mi flujo vaginal, el culo enardecido con los esfínteres placenteramente irritados, mi boca acaramelada desde los labios hasta la nuez y con la lengua un tanto pegajosa. Con los poros de mi piel aún erizados, quise prolongar aquel momento tratando de recuperar las imágenes de un sueño que me había deparado un estado de gozo y una cierta morbosidad. Aún somnolienta, pues, me restregué los sobacos, me complací oliendo mi sudor natural sin artificios, me acaricié los muslos, me magreé mis senos, me pellizqué los pezones y, alargando las manos hasta llegar a mi vulva, empecé a restregarme los labios vaginales presionando sobre la zona del clítoris que me lo sentía aún muy sensible y mientras, con la otra mano, metía y sacaba dos dedos en mi vagina. Creo que llegué a adormecerme mientras una nube de tags, a semejanza de los que salen en las páginas eróticas, recorría mi mente:

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Lo insólito fue cuando, medio adormilada con aquellos tags , percibí mi vello púbico pegajoso y, todavía más, cuando al chuparme y olerme los dedos no solo los encontré humedecidos por lo que pudiera ser mi flujo vaginal normal sino que, además, este flujo lo encontré muy viscoso, oliendo a cloro, y con un gusto excesivamente salado cual semen de tío que acabara de follarme. Estos hechos – y puesto que el olor y el gusto del semen no me eran desconocidos – hizo que me percatara de lo sucedido realmente y me espabilara con gran sobresalto:

¡AH. voyeur…, cabrón!, fueron mis últimos tags mentales.

¡Qué hijo puta! – musité, para no gritar escandalizada, al percatarme de que Ramón me había tendido una trampa. Mi primera reacción fue irme al juzgado de guardia. No era para menos… pero, después de lo sucedido, sin que nadie me forzara, tampoco me sentía como para ir a lanzarle a nadie la primera piedra. Además, pese a descubrir el engaño, no podía negar cómo me seguían complaciendo las sensaciones insólitas que perduraban en mi cuerpo y en mi mente, fruto de lo que pude gozar dando rienda suelta a mi libido. No fue un sueño, no. Ya bien despierta y clarividente, la primera imagen que surgió en mi mente fue la de Ramón sentado en un sofá, desnudo, con su polla erecta y su mirada enardecida. Tras ésta, surgieron estas otras:

“Ramón sobándose los genitales.- Yo mamando la pinga (¡sí!) de Laura.- Ramón en el sofá manoseándose la polla.- Iker y Laura metiéndome alternativamente sus pollas por el culo y la boca.- Ramón, corriéndose.- Yo tragando semen de Laura y de Iker”

Y así, todas esas imágenes y otras muchas similares iban pasando por mi imaginación y, una y otra vez, las estuve repitiendo, incrédula de que todo aquello hubiese sido real y no hubiera sido un sueño hasta que, tratando de explicarme cómo me dejé engañar por la zafiedad de Ramón, me vino a la memoria el día que estuve en su casa donde vi una estantería repleta de videos caseros y todos, como me confesó Ramón, eran de pornografía por lo que se apresuró a decir que no eran suyos si no de un inquilino que tuvo algún tiempo, compartiendo su apartamento para atender y redondear sus dispendios extra. En aquella ocasión le pedí que visionáramos alguno, pero no quiso aduciéndome que eran pura porquería. Recordar esto fue como si hubiera encontrado la piedra de Rosetta que me permitía hilvanar las secuencias de lo sucedido realmente aquella noche en la que Ramón, aviesamente me llevó – yo me dejé llevar, lo confieso – a compartir una noche de placer con aquella pareja (él, un gigoló; ella, una travestí) que habían sido contratados expresamente por Ramón. Lo que nunca me hubiera esperado era que llegáramos a donde llegamos y fuera para lo que fue como pude deducir de inmediato: gravarme, para su colección privada, como una vulgar puta, para su uso y disfrute. Me había tendido una trampa: no fue un sueño, no. Así que, aquel atardecer, cuando aún estaba el Sol declinando, subidos en el coche de Ramón, fuimos a una casa que sin duda era la suya puesto que volví a ver aquella pornográfica videoteca. Ya durante el trayecto, metida entre Iker y Laura, éstos empezaron a sobarme. Me sorprendió que Laura me besara en la boca, lamiera mi lengua y ensortijara la suya con la mía mientras que Ramón le gritaba a Iker (éste con una cámara en ristre) que gravara y no se perdiera nada. Cuando Laura sacó su lengua de mi boca y empezó a besucarme y lamerme los senos, admito que gocé sintiéndome en manos de otra mujer pues que difícilmente podría creerse lo contrario de que aquel cuerpo no fuera el de una hembra.

– Grava, grava – oí que le gritaba Ramón a Iker; pero yo, en aquellos momentos, con la voluntad menguada por el alcohol y sin sospechar hasta donde pudiéramos llegar, quise también gozar de la procacidad de sentirme una estrella porno a lo que contribuía con mi entrega y frescura. ¡Y tanto que lo fui!: Iker le pasó la cámara a Laura e, inmediatamente, con absoluta lascivia, se desabrochó la bragueta, se bajo el slip y, mirándome lujurioso, me espetó:

– ¿Te gusta, eh? Vas a probarlo.

Ese hubiera sido un buen momento para volverme atrás, pero estaba ya algo ebria y, además, pudo más mi deseo de gozar de una experiencia inusitada que en otras circunstancias no hubiera aceptado. Ciertamente aquella verga convidaba a la fiesta: era una verga sonrosada, majestuosamente erecta, con las arterias azuladas a punto reventar y un capullo resplandeciente en la cima de la verticalidad de tan preciosa pinga asentada sobre unos huevos con el escroto terso y apetecible. De inmediato hubiera lamido aquella verga y aquellos huevos si no me lo hubiera impedido Iker.

– Espera, antes quiero probar si eres virgen – Se abrió de piernas, se lubricó la verga, me subió a su regazo y, ladeando mis bragas, me la metió suavemente sin condón, con mucha facilidad con mi coño humedecido, hasta lo más profundo de mi vagina:

– ¡Vaya coño de virgen! Eres más puta que las gallinas! – gritó

Como nunca lo hubiera esperado, con unas ganas inmensas de satisfacer aquel cacho de carne ardiente y ansioso metido dentro de mi cuerpo, empecé a moverme placiéndome de sentirme la más puta de las putas.

– Folla, macho, folla! ¡Métemela a fondo, a tope. Gústate conmigo, como un buen cabrón! ¡Fóllame por donde más te guste, quiero ser tu puta! ¡Sí, quiero ser tu puta! – Eso fue, poco más o menos, lo que pude recordar de lo que le dije mientras subía y bajaba como en un fantástico escalextric, con aquella esplendorosa verga metida en mi coño.

– ¡Grava, Laura, grava! – gritaba, ahora, Ramón mientras conducía haciendo algunas “eses” que por la inercia me echaban y me apretujaban más sobre mis complacientes “partenaires”.

Del regazo de Iker pase al de Laura. Ésta se subió la falda, se bajó sus bragas, me quitó las mías, lubricó mi ano y, con su verga lubricada, sin atender mis negativas, me metió su verga en mi recto con mucho dolor pero con no menos placer. Creí que me iba a reventar y, a pesar de mi temor, yo misma acabé empujando y ensartándola en mi ano para que tan flamante y gustosa pinga no se saliera del “orto”.

– ¡Muévete, linda! – me gritó y añadió tras conseguir metérmela toda – También su culo está desvirgado.

Mentira tras mentira, sobándome y besándome, con inmenso gozo por mi parte en la estrechez de aquel improvisado prostíbulo móvil, del cual era yo una vulgar mesalina, fueron subiéndome a sus regazos y metiéndome sus pollas alternativamente en mi coño y en mi ano cada vez más placentero y menos irritado. El gozo fue intenso puesto que Ramón llegó a aparcar el coche en algún descampado para gravar él mismo y así, mientras que Iker me levantaba las nalgas y me la metía por el coño, Laura me lamía el culo y me metía su mano; y viceversa, cuando Laura me follaba por el culo, Iker, con su lengua metida en mi entrepierna, me lamía el coño y sus entresijos. Gocé hasta pedirles que me dejaran sin que lo consiguiera, incluso creo que Ramón alargó el viaje más de la cuenta para aprovechar la luz solar hasta el momento que todo aquello pudiera quedar bien gravado y así que, con él cada vez más exacerbado, las “eses” del vehículo también resultaban deliciosas ladeándome como en un tobogán con aquellas vergas alternando dentro de mi cuerpo.

Ya en casa de Ramón, con éste sentado en el sofá, desnudo y en plan voyeur, con su cámara presumiblemente dispuesta y enfocada a un presunto plató, continuó la fiesta. Laura se levantó la falda, Iker se sacó su verga y yo, en medio de los dos empecé a moverme apretándome con mi pubis a la verga de Laura y, con mi culo, a la de Iker. Deliciosamente, también ellos empezaron a moverse restregándose sobre mi a menara de danza persa mientras nos íbamos desnudando con lo cual, uno por delante y la otra por detrás, me deleitaban con sus tocamientos y fricciones en mis pechos y en mis genitales, a los que yo respondía gustosa besándoles y ensortijando las lenguas, mordisqueando sus orejas, y rastrear mi lengua desde sus cuellos a sus pechos para lamer sus pezones hasta que, ya dispuesta a todo por mi parte, me agaché en medio de los dos para gozar y hacerles gozar mamándoles sus espléndidas pollas, lamiendo sus huevos y metiendo mi lengua en las rajas de sus culos y humedecerles el ano con placenteros besos. Después, mientras que Iker y yo quedamos abrazados, con su verga metida en mi coño, Laura se puso a bailar desnuda, placiéndose de su cuerpo escultural con sus pechos exiguos, cual Venus, y con su polla, fláccida en aquel momento, como la de un Apolo.

– Que hermosa estás – le dije – con esos pechos y con esa magnífica polla.

– ¿Te gusta…? Pues tenemos otra para ti – Y no tardó mucho en sacar y ceñirme un arnés con una verga de látex colgando y me pidió que lubricara el ano de Ramón y que le metiera mi verga de marimacho para aquel maricón. Así lo dijo y así lo hice: Ramón, se puso de cuatro apoyándose en el sofá y goce e hice gozar al macho que se me emblandecía jadeante cada vez que mi polla le llegaba al fondo como él me pedía y mientras que Iker, subido al respaldo del sofá, me metía su polla en la boca y Laura me vergueaba el culo con la suya.

– ¡Qué bien jodes tía! – Exclamó Ramón jadeando, y me añadió – ¿A cuantos tíos has desvirgado, so puta?

– A miles – le dije, con el absoluto convencimiento de beoda enloquecida. Y así, lujuriosamente embravecida y con aquella virilidad de látex impuesta y gustosamente aceptada, saqué la polla del culo de Ramón y le pedí que me la chupara y que me la lamiera. Yo no sé cómo, pero aquellos lamidos y chupadas convulsivos e insistentes, sin parar él de masturbarse, los sentía correr desde aquella verga a mi coño provocándome unas ansias placenteras de miccionar que, sin dudarlo demasiado, dejando correr mi flujo uretral saliéndose del arnés y corriendo por mi polla, me meé en la cara de Ramón.

– ¡Toma, toma, so cabrón! – Le grité medio ida.

Ramón me asombró viéndole lamerse los morros humedecidos por el flujo de mi incontinencia, hasta terminar gritando:

– ¡Que me vengo…! ¡Qué me corro…!

También me corrí yo, y Iker que me mojó la cara con su semen y también Laura que se estuvo masturbando y terminó restregándome su semen en mi culo. Entre espasmos orgásmicos y jadeos, Ramón me pidió que – por mala, dijo –que les limpiara las pollas a los tres con mi boca. Obedecí sumisamente: mamé, una a una, las tres pollas, lamí sus huevos y, para demostrarles mí absoluta entrega a sus caprichos lascivos, me arrastre por el suelo para rastrear y recoger con mi lengua el semen caído. Y lo confieso, con todo ello goce de mi propia sumisión y, para más placer, degustando lo que en aquellos momentos era para mi icor de los dioses.

Después de todo aquello, nos pusimos a beber: ellos se pusieron el licor en unos vasos, pero yo me tomé unos tragos de la botella mientras que, cogiendo y levantando mi polla rígida, me reía viendo como se desplomaban las suyas. Me gustó verlas así: pegadas a los huevos, durmientes, como esperando que alguien las despertara, como así fue tras un tiempo que estuvimos viendo algo de la porquería, según Ramón, de una cinta porno de su conocida videoteca.

– Anda, quítate esa verga, y tú a lo tuyo como puta mala que eres – me dijo Ramón sentándose en su sofá dispuesto a gozar de nuevas escenas y satisfacer su obsesión de voyeur.

Con buen ánimo, pues, entre trago y trago, empecé a zarandear las pollas de Iker y Laura, a comerme sus huevos uno a uno, a sacarles los capullos y sentirlos engrosar en mi boca por mis mamadas, chupadas y lamidos. ¡Y vaya cómo se engrosaron! ¡Y qué gusto verlos endurecer vergueándome la cara y los morros! ¡Y qué placer poderlos atrapar con mi boca hambrienta de gozar de su erecta dureza! No sé cuanto tiempo estuvimos así, repitiendo tan gustosos gracejos, hasta que primero uno y después la otra, con las dos pingas metidas en mi boca a la vez, la de Iker metida como mástil biselado en mi garganta y la de Laura, dura y erecta, anclándose en mi paladar, se fueron corriendo con sus suculentos espasmos y sus jadeos de placer. Yo también me volví a correr y quedé en brazos de Ramón bien preparada para que gozara conmigo dando rienda suelta a sus devaneos y obsesiones como así fue: Ramón me llevó a su cama, donde me penetró por donde quiso y cuantas veces lo quiso. Cuando se corrió finalmente, pude sentir su gozo y mi deleite con sus espasmos y con la calidez de su semen en mi vagina. Quedé extenuada.

Iker y Laura se fueron sin que ni siquiera se despidieran de mí; yo quedé tendida en el sofá, casi desvanecida, hasta que apareció Ramón con corsé bordado y medias de rejilla con portaligas, todo ello de rojo combinado con unas bragas negras abiertas por detrás.

– Quiero que me goces de mujer a mujer – me dijo.

No me sorprendió, ni yo estaba ya para mucho más, pero él consiguió reavivarme sobándome los pechos, mordiéndome los pezones y, bajando a mi entrepierna, lamerme el coño buscándome el clítoris y meterme la lengua en el recto con suculentos besos negros. Al final, fue él quien me pidió que le follara y yo, con el arnés y la polla de látex dispuestos, le penetré hasta hacer que se corriera puesto que él mismo me advirtió donde tienen el punto G los machos y hacia donde cabía dirigir una verga metida en el culo de un tío. Gozamos hasta el paroxismo, suyo y mío, como él lo había deseado y como yo nunca me lo hubiera imaginado gozándome de ser una puta guarra y barata.

Tras recordar todo lo narrado, sentada al borde de mi cama, sin parar de repetirme aquellas imágenes, advertí que sobre la mesita había una nota manuscrita. Yo no se cómo Ramón me llevó a mi casa, ni como entró y me llevó a mi habitación sin que nadie (¿Nadie?) de la familia lo advirtiera, ni siquiera sé si realmente dormí aquella noche y, ni tan siquiera, si cuando abrí los ojos en aquel amanecer, creyendo despertar de un sueño profundo, no era más que el colofón inmediato de una noche de pasión, morbo y lujuria, pero lo cierto es que, sobre la mesita, estaba esta nota manuscrita:

“Perdona por mi abuso, pero tenía que hacerlo y quizá algún día te lo pueda explicar. Te mando la cámara para que te sirva como cuerpo del delito si me quieres denunciar, aunque estoy convencido de que no lo harás. No me he reservado ninguna copia y, si quieres, algún día, visionaremos la cinta juntos: será la prueba de que me habrás perdonado. RAMÓN.”

No me extrañó nada que junto a la nota, quizás para más enjundia, me dejara una “píldora del día después”.

Cuando visioné el video, por mi cuenta, pude comprobar la realidad de lo sucedido, solo algunas secuencias no seguían el mismo orden cronológico de mi propio relato. No cabía decir, pues, que cualquier parecido con la realidad era pura coincidencia. Solo quiero añadir que el muy cabrón me hizo gozar aquella noche como nunca lo hubiera podido esperar, ni siquiera soñar, dando rienda suelta a mis deseos más ocultos. Y esa fue, sin duda, su mejor defensa.

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